El ciudadano ilustre (2016), de Mariano Cohn y Gastón Duprat

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El ciudadano ilustre, película argentina del año pasado, fue la flamante ganadora del Goya a la mejor película iberoamericana en la última gala de estos premios, en el mes de febrero.

En la película, un escritor argentino de nuestros días (un maravilloso Óscar Martínez, a quien recordamos de esa otra joya que fue Relatos salvajes), que nos recuerda a la generación del boom latinoamericano, gana el premio Nobel. Experimentado, con una bibliografía extensa y un periplo vital que le ha llevado a abandonar Salas, su pueblo natal en la provincia de Buenos Aires (a 700 kilómetros), para labrarse la carrera de literato en Europa, se presenta en el discurso de recepción del Nobel como alguien acabado y describe la propia academia y la cultura occidental como un marco también decadente y envejecido.

En cierta forma, el premio certifica este agotamiento: el escritor, incapaz de escribir una sola línea desde que comienza la película, recibe más invitaciones de las que puede aceptar, y una a una las va rechazando todas, incluso la de Salas, donde el alcalde quiere imponerle la máxima distinción de la ciudad: la de Ciudadano Ilustre de Salas.

Pero Salas ha estado presente como escenario de todas sus novelas y al fin, con más espíritu aventurero y curiosidad que entrega, decide acudir -dejando claro que no quiere publicidad de su presencia allá.

Digna de Berlanga, los directores heredan esa visión entre comprensiva y despiadada del pueblo y sus costumbres. Vemos el pueblo desde el comienzo como un desierto -literal- donde no hay espacio para la cultura más que de una forma retrógrada, patriotera y recalcitrante. El alcalde representa a la perfección esa mezcla de simpatía bonachona teñida en las formas y el fondo de corrupción política, populismo (palabra de moda) y mafia local, desde el intento constante de darse un baño de masas a toda costa hasta el amaño de concursos para tener contentos a los caciques y principales del pueblo. La población -los enemigos, pero también los amigos- se mueve entre la bilis que da el analfabetismo, el capricho y la altivez y los complejos de la provincia envalentonada frente al escritor “europeizado”, y la incomprensión total de la distinción entre realidad y ficción.

Esta incomprensión, presente en las criaturas rurales que pueblan Salas, de las que uno no sabe si reír o compadecerse, se acaba trasladando también al espectador gracias a un guión magnífico: a fin de cuentas, estamos viendo una película sobre una novela, y el pueblo de la película es el escenario de las novelas. Como Borges, Shakespeare o Cervantes, que aparecen en el Power Point que muestran en Salas al protagonista, los directores saben que esta duplicidad de planos es clave para mantener la distancia de la ficción y la cercanía de la realidad -del día a día más crudo de la política.

La bala de humor que nos atraviesa, la mirada socarrona, nos deja helados con esa crítica feroz a la capacidad de incultura, intolerancia y cerrazón de una sociedad, nuestra parte más animal, que se empeña en no dejarse atravesar por la cultura, pero también nuestra prepotencia y nuestros prejuicios.

La dirección artística y la sucesión de planos y miradas captan la atención del espectador de una manera inteligente, seductora, sin forzar un realismo que ya es de por sí entrañable y violento hasta lo tremendo.

Estamos ante una muy buena comedia negra que nos hace replantearnos las relaciones entre realidad y ficción, civilización y barbarie, cultura y política.

 

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PASOLINI (2014), DE ABEL FERRARA

Abel Ferrara juega a ser -y estar en- Pasolini en su última película, estrenada en 2014, mientras Willem Dafoe, por su parte, vuelve a colaborar con Ferrara, que supone un paso más en la larguísima lista de directores más o menos independientes a cuyas órdenes ha trabajado: Wim Wenders, Werner Herzog, Scorsese, Oliver Stone y Lars von Trier son sólo algunos de ellos. La colaboración entre Ferrara y Dafoe me parece, sin embargo, fallida.

Willem Dafoe como Pasolini

La película queda lastrada, en primer lugar, por diálogos en dos y hasta tres idiomas, en los que actores italianos o en roles de italianos se ven obligados a acabar hablando en inglés porque el único que no entiende una palabra de italiano es, curiosamente, Pasolini, es decir, Dafoe. La confusión que produce el desconcierto idiomático es difícilmente subsanable. La película pierde credibilidad y encanto, a pesar de una interpretación ajustada de Dafoe, sin melodramas, que consigue acercar a Pasolini el tiempo en que se mantiene con la boca cerrada. La aparición estelar de María de Medeiros y el homenaje a Ninetto Davoli, actor fetiche del director de “Saló o los 120 días de Sodoma”, tampoco reparan la incomodidad. Ferrara intenta construir un montaje complejo, que intercala la vida de Pasolini con el desarrollo de su último guión: una parábola dentro de una parábola que interpretará Ninetto Davoli- pero no consigue transmitir la frescura que Pasolini sí dota a sus relatos.

Por lo general, Ferrara -y en esto se nota su procedencia estadounidense- se mueve en un terreno resbaladizo. Intenta presentarnos, a lo largo de los últimos días de vida de Pasolini, asesinado en extrañas circunstancias en Roma el 2 de noviembre de 1975, retazos de su pensamiento político, de su método creativo y su originalidad. Lo hace con una frialdad inquietante y una fotografía muy oscura, que juega, siguiendo de nuevo los pasos del maestro Pasolini, con interiores aparentemente sencillos y exteriores asfixiantes: en este sentido, cabe destacar que la mayor parte de los planos son primeros planos, y sí, esta sobreabundancia de primeros planos se hace pesada, aunque la frialdad y la fotografía hacen que la película sea entretenida, lejos de los cargantes biopics a los que estamos acostumbrados. Pero, como digo, resbala, malinterpreta de alguna forma a Pasolini, lo lleva a un terreno que no es el suyo: hay violencia y carnalidad, pero mientras Pasolini las filma como un antropológo que recoge el testimonio de un combate ritual o un rito de iniciación, en Ferrara son lúgubres. Esta oscuridad y gravedad sí está bien buscada en la brillante escena final, quizá lo mejor de la película, pero se echa en falta más humor, más luz, en el resto de la película, incluso en las escenas más violentas.

Ninetto Davoli como Epifanio

Por otra parte, la ambientación de la película es correcta, tanto en el guión -frases extraídas literalmente de entrevistas- como en los decorados y exteriores, con secuencias algo forzadas de Dafoe leyendo el periódico -como dije al principio, el espectador sabe desde el primer momento que no entiende nada del idioma italiano- o jugando al fútbol. Las conversaciones de Pasolini-Dafoe con Laura Betti-Medeiros y el encuentro con Ninetto Davoli-Riccardo Scamarcio (que participa con Ninetto Davoli -el auténtico- en la parábola) son bastante pobres, y la música, como la mezcla de idiomas de que hablé al principio, no acaba de encajar, por lo que no podemos hacernos bien a la idea de cómo trabajaba Pasolini, su dirección de actores. Por el contrario, la vida familiar del director italiano (su relación con su madre y su hermana) y su homosexualidad tienen el peso que merecen y ganan protagonismo en el filme con el paso de los minutos.

En definitiva, Ferrara juega a dos bandas: consigue mantener la atención del espectador gracias a un buen ritmo de montaje, un metraje de poco más de 80 minutos -lo que es de agradecer- y, sobre todo y obviamente, gracias al interés que despiertan de por sí la biografía y la filmografía de Pasolini. Pero fracasa al intentar evocar una violencia, una frialdad y una carnalidad que sólo Pasolini era capaz de plasmar en la pantalla sin resultar ni demasiado oscuro ni demasiado frívolo o superficial. Cuando esos excesos se manifiestan, el espectador descubre que Ferrara es sólo Ferrara, no Pasolini; que Dafoe es sólo Dafoe, no Pasolini.

Federico Ocaña

Pasolini en 1975, por Dino Pedriali

Pasolini. Italia, 2014.
Duración: 86 min.
Dirección y guión: Abel Ferrara
Producción: Capricci Films / Tarantula / Urania Pictures S.r.l.
Fotografía: Stefano Falivene
Reparto: Willem Dafoe, Ninetto Davoli, Riccardo Scamarcio, Valerio Mastandrea, Adriana Asti, Maria de Medeiros

CIUTAT MORTA (2014), DE XAVIER ARTIGAS Y XAPO ORTEGA

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Estamos ante un documental al que era casi imposible no acudir estos días, impulsados bien por la necesidad de una información imparcial, veraz y sensible al estado de derecho y los derechos humanos, bien por el revuelo mediático provocado -desde hace más de un año- primero por su proyección en el Festival de San Sebastián y su merecimiento del premio al mejor documental en el Festival de Málaga, y finalmente por su proyección en el segundo canal de TV3 en Cataluña y su difusión en redes sociales. De entrada, sin duda sorprende la apuesta de la productora -Metromuster- por un acontecimiento que lleva todas las de perder rescatado de forma aislada en la larga sucesión de violaciones de los derechos humanos por las que los últimos gobiernos -general y autonómicos- en España han sido amonestados desde la ONU, Amnistía internacional y otros organismos no gubernamentales. En este como en otros casos de la historia reciente española, podría decirse con Benjamin, que si el ángel de la historia volviera la cabeza sólo encontraría ruinas. Lo que sorprende, como digo, de Xavier Artigas y Xapo Ortega es su militancia: su mirada no se resigna a ver lo putrefacto del sistema, quiere ir más allá y restablecer la balanza de la justicia -y, si las autoridades judiciales no se (con)movieran, buscar incluso la venganza.

Se trata de vengar a Patricia Heras, una joven que decidió quitarse la vida después de verse involucrada, estrambóticamente, en un montaje policial contra Rodrigo Lanza, Juan Pintos y Álex Cisternas, tres jóvenes sudamericanos que fueron detenidos por lanzar piedras contra un agente de la guardia urbana que quedó vegetal debido al impacto. El término preciso es, efectivamente, el de montaje, ya que el objeto, según los peritos, cayó desde un edificio okupado que la Guardia Urbana intentaba desalojar -sin tomar las medidas de seguridad personales adecuadas- y no desde la calle donde se encontraban los detenidos; por otra parte, fueron los tres jóvenes sudamericanos con nacionalidad española, que permanecieron en prisión preventiva el máximo tiempo permitido a lo que sumaron la condena en firme por el Tribunal Supremo, los únicos cuya acusación se mantuvo hasta el final, mientras otros detenidos, de nacionalidad española pero sin origen americano, sí pudieron salir. Tras recibir una paliza en comisaría a manos de agentes con un dilatado historial de torturas, los jóvenes coinciden en el hospital con Patricia, herida tras una caída en bicicleta, a quien un agente requisa el móvil y, a partir de un SMS, detiene junto a otro amigo. Y es preciso también porque Artigas y Ortega lo contrarrestan con el montaje particular del cine: imágenes de archivo intercaladas con entrevistas con los implicados en el caso, tanto directos como indirectos, con lamentables apariciones en la televisión del alcalde de Barcelona y más lamentables aún actuaciones policiales en diferentes manifestaciones. Frente a esto, testimonios de periodistas, amigos de Patricia y familiares de los detenidos que refuerzan sus testimonios y ponen de manifiesto las incoherencias y corruptelas policiales y políticas que desembocaron en el caso 4-F.

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Artigas y Ortega consiguen retratar la ausencia de Patricia de la manera más pulcra y directa posible: planos sostenidos sobre rincones vacíos en Barcelona, rincones fríos, aliados de una geometría con alma de cárcel -por encima, el ahogamiento de la propia Patricia, que escribe ya condenada. Si el documental tiene un enfoque de clara denuncia política, el desasosiego que genera en el espectador -todo el que quiera, ya que la película circula a estas horas por todas las redes sociales y de intercambio de vídeos- es también un desasosiego político, que puede desembocar en una rabia incontenida y violenta o, en el mejor de los casos, en la lucha jurídica y de ideas contra las fallas del sistema. Este sistema se blinda con cascos, porras y palizas, se protege mediante un proceso judicial -paradójicamente- injusto, parcial y con una actuación policial delictiva como mínimo, que insulta no solo la integridad de los detenidos sino la inteligencia de todos a los que este caso nos ha estallado en la cara en tiempos revueltos. Un documental duro y necesario a la altura -esta vez sí- de nuestra inteligencia, que mezcla planos sobrios en las entrevistas y exteriores inquietantes, desde la cárcel hasta aquellos rincones vacíos en una ciudad muerta, y consigue coherencia entre el activismo político y el rigor del documento periodístico -y sin la “fantasía” que le atribuyeron burdamente los Mossos el día de la proyección en la televisión catalana.

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