Doisneau, la mirada entre Renoir y Kubrick

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Estos días podemos disfrutar en Madrid, en la Fundación Canal (c/ Mateo Inurria, 2), de la exposición “Robert Doisneau. La belleza de lo cotidiano”, producida por Fundación Canal y Atelier Robert Doisneau.

La muestra plantea un recorrido por el trabajo del fotógrafo francés que va mucho más allá de sus imágenes más conocidas. No faltan “El beso” (“Le baiser de l’hotel de Ville Paris”, 1950), el simpático retrato de Picasso “Les pains de Picasso, Vallauris” (1952), junto a otras emblemáticas fotografías del París de los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero descubrimos también un Doisneau menos conocido, el de los años 30, que recorre las calles y capta los juegos de los niños, sobre los adoquines o en los campos del extrarradio, en plazas a medio construir.

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En ese Doisneau que nos recuerda al cine gamberro de Jean Vigo una pelota hace feliz a un barrio; es ese mismo Doisneau que recuerda a Jean Gabin a través del objetivo de Jean Renoir y hace que la cámara se convierta en una ventana abierta en plena fundición, en una armería, en la barra de un café donde conviven el obrero lleno de hollín y la pareja recién casada. El retrato, el campo donde mejor se mueve, deja estampas también de soldados en las trincheras de la Guerra Mundial, novias montando en balancines y ahí aparece ese Doisneau distinto: planos muy cuidados (recordemos que incluso “El beso” fue meticulosamente preparado) acompañan a los personajes y les dan sentimiento. El autorretrato que preside una de las salas, ese impresionante escorzo del fotógrafo emergiendo de las sombras que sólo recibe un haz de luz, una franja que le cae directamente a la cara, hace que lo imaginemos como un testigo oscuro, como un francotirador. La verticalidad de las chimeneas que contrasta con los niños que atraviesan la calle en dirección a la lechería. La entrada de De Gaulle en París rodeado de banderas y militares.

A partir de la década de los 50, la nouvelle-vague se apropiará de su delicado erotismo y su sentido del humor pero él irá cayendo poco a poco en el olvido. A esta época pertenecen escenas como la del hombre que mira un desnudo en el anticuario mientras su mujer señala los muebles o el obrero tatuado que mira los pósteres de “chicas de ensueño” mientras el humo de su cigarrillo asciende por las paredes de la estrecha habitación.

Paralelamente a ese declive, en los años 60, el fotógrafo recibe el encargo de un reportaje para un resort: “Palm Springs”. El proyecto del encargo pretende ser [acercamiento, presentación] del sueño americano y Doisneau muestra un dominio finísimo de la ironía. Nadie podría criticar sus fotos por no representar el sueño americano y sin embargo sus fotografías contienen una violencia y una burla implícitas desde nuestro tiempo. Algunas de esas imágenes nos recuerdan a Kubrick, a ese punto de vista frío y objetivo: Doisneau, como Kubrick, te obliga a posicionarte sin apiadarte de ningún personaje.

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De vuelta en París, Doisneau deja a un lado la acidez de Kubrick y recupera el humor blanco de Tati. La maravillosa serie -casi mosaico- de peatones y coches en la Concorde permite recrear una historia para cada personaje enfrentado al tráfico, los collages sobre una casa parisina o el puente ofrecen el contraste entre los jóvenes hippies que graban, pintan o juegan y los ancianos cubiertos por oscuros abrigos, ceños fruncidos y rostros de otra época.

La exposición está especialmente recomendada para aquellos que quieran hacer un alto en el camino del invierno madrileño y trasladarse con el objetivo de Doisneau a los paisajes y los rostros de París.

Irene Tourné & Federico Ocaña

Robert Doisneau, La belleza de lo cotidiano

Fundación Canal (c/ Mateo Inurria, 2)

Hasta el 8 de enero de 2017

Laborables y festivos 11.00 a 20.00 h
Miércoles 11.00 a 15.00 h
ENTRADA LIBRE

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