CIUTAT MORTA (2014), DE XAVIER ARTIGAS Y XAPO ORTEGA

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Estamos ante un documental al que era casi imposible no acudir estos días, impulsados bien por la necesidad de una información imparcial, veraz y sensible al estado de derecho y los derechos humanos, bien por el revuelo mediático provocado -desde hace más de un año- primero por su proyección en el Festival de San Sebastián y su merecimiento del premio al mejor documental en el Festival de Málaga, y finalmente por su proyección en el segundo canal de TV3 en Cataluña y su difusión en redes sociales. De entrada, sin duda sorprende la apuesta de la productora -Metromuster- por un acontecimiento que lleva todas las de perder rescatado de forma aislada en la larga sucesión de violaciones de los derechos humanos por las que los últimos gobiernos -general y autonómicos- en España han sido amonestados desde la ONU, Amnistía internacional y otros organismos no gubernamentales. En este como en otros casos de la historia reciente española, podría decirse con Benjamin, que si el ángel de la historia volviera la cabeza sólo encontraría ruinas. Lo que sorprende, como digo, de Xavier Artigas y Xapo Ortega es su militancia: su mirada no se resigna a ver lo putrefacto del sistema, quiere ir más allá y restablecer la balanza de la justicia -y, si las autoridades judiciales no se (con)movieran, buscar incluso la venganza.

Se trata de vengar a Patricia Heras, una joven que decidió quitarse la vida después de verse involucrada, estrambóticamente, en un montaje policial contra Rodrigo Lanza, Juan Pintos y Álex Cisternas, tres jóvenes sudamericanos que fueron detenidos por lanzar piedras contra un agente de la guardia urbana que quedó vegetal debido al impacto. El término preciso es, efectivamente, el de montaje, ya que el objeto, según los peritos, cayó desde un edificio okupado que la Guardia Urbana intentaba desalojar -sin tomar las medidas de seguridad personales adecuadas- y no desde la calle donde se encontraban los detenidos; por otra parte, fueron los tres jóvenes sudamericanos con nacionalidad española, que permanecieron en prisión preventiva el máximo tiempo permitido a lo que sumaron la condena en firme por el Tribunal Supremo, los únicos cuya acusación se mantuvo hasta el final, mientras otros detenidos, de nacionalidad española pero sin origen americano, sí pudieron salir. Tras recibir una paliza en comisaría a manos de agentes con un dilatado historial de torturas, los jóvenes coinciden en el hospital con Patricia, herida tras una caída en bicicleta, a quien un agente requisa el móvil y, a partir de un SMS, detiene junto a otro amigo. Y es preciso también porque Artigas y Ortega lo contrarrestan con el montaje particular del cine: imágenes de archivo intercaladas con entrevistas con los implicados en el caso, tanto directos como indirectos, con lamentables apariciones en la televisión del alcalde de Barcelona y más lamentables aún actuaciones policiales en diferentes manifestaciones. Frente a esto, testimonios de periodistas, amigos de Patricia y familiares de los detenidos que refuerzan sus testimonios y ponen de manifiesto las incoherencias y corruptelas policiales y políticas que desembocaron en el caso 4-F.

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Artigas y Ortega consiguen retratar la ausencia de Patricia de la manera más pulcra y directa posible: planos sostenidos sobre rincones vacíos en Barcelona, rincones fríos, aliados de una geometría con alma de cárcel -por encima, el ahogamiento de la propia Patricia, que escribe ya condenada. Si el documental tiene un enfoque de clara denuncia política, el desasosiego que genera en el espectador -todo el que quiera, ya que la película circula a estas horas por todas las redes sociales y de intercambio de vídeos- es también un desasosiego político, que puede desembocar en una rabia incontenida y violenta o, en el mejor de los casos, en la lucha jurídica y de ideas contra las fallas del sistema. Este sistema se blinda con cascos, porras y palizas, se protege mediante un proceso judicial -paradójicamente- injusto, parcial y con una actuación policial delictiva como mínimo, que insulta no solo la integridad de los detenidos sino la inteligencia de todos a los que este caso nos ha estallado en la cara en tiempos revueltos. Un documental duro y necesario a la altura -esta vez sí- de nuestra inteligencia, que mezcla planos sobrios en las entrevistas y exteriores inquietantes, desde la cárcel hasta aquellos rincones vacíos en una ciudad muerta, y consigue coherencia entre el activismo político y el rigor del documento periodístico -y sin la “fantasía” que le atribuyeron burdamente los Mossos el día de la proyección en la televisión catalana.

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El malestar que insiste, de Eduardo Recabarren

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Hay dos preguntas que asaltan al espectador cuando contempla “Los comedores de patatas” de Van Gogh. La primera, ¿qué tipo de vida tienen los personajes del cuadro? ¿Qué les espera más allá del instante retratado a los comensales y los alimentos presentes? La segunda, ¿cómo podría ponerse en escena en nuestros días esa misma comida triste, pobre, también hasta cierto punto divertida, por ejemplo si revisamos los trazos de las caras, o incluso el título?

El malestar que insiste”, escrita y dirigida por Eduardo Recabarren y en escena estos días en Madrid en la sala de teatro Lagrada, ataca sin complejos ambas preguntas, y el resultado es más que satisfactorio.

Una muestra de que el teatro contemporáneo tiene mucho que decirle a esta sociedad, y un ejemplo de cómo hacer buen teatro a partir de una apuesta arriesgada: un número limitado de actores, un solo escenario, y un guión incómodo, con cambios rápidos de tono y registro, cambios que los actores asumen y transmiten con una naturalidad encomiable.

El malestar se produce siempre, fiel a nuestro día a día, en discusiones violentas en que intervienen elementos absurdos, y en conversaciones absurdas que acaban resultando violentas.

Y el malestar insiste, porque no hay un minuto de tregua: la madre, Federica (Diana Tourné), lleva el peso del drama y de la obra durante la primera parte de la misma. Ella es el motor de la familia a pesar de los otros dos miembros, su única hermana, Clara (Elena Gracia) y su único hijo, Rufino (Víctor Martínez). Federica quiere controlarlo todo, convierte la casa en un espacio aún más asfixiante del que es, y al mismo tiempo todo se le escapa: su tristeza, pero también sus proyecciones y sueños sobre Clara y Rufino, impiden toda comunicación. Al mismo tiempo, Clara se encuentra en rehabilitación de una enfermedad de la que los personajes mismos no hablan -podemos suponer que es la anorexia- e intenta abrirse camino pintando bodegones para vecinas y conocidas. Y Rufino, adolescente en crisis personal, familiar y laboral, sólo encuentra consuelo en la música de Ska-P y la utopía de un viaje a Australia.

La interpretación de Diana Tourné de la soledad y el control de Federica alcanza el momento más brillante al término de esta primera parte, en un monólogo sobrecogedor que consigue conmover desde el comienzo cómico hasta la desesperación final. Este punto marca también el deterioro de las relaciones de Rufino y Clara, que habían establecido una suerte de alianza; Víctor Martínez y Elena Gracia destacan, en este sentido, sobre todo por su lenguaje gestual y el perfilado de sus personajes, con intervenciones que concentran la carga dramática en respuestas breves a la vez violentas y absurdas, como indiqué arriba.

La segunda parte se abre con la repentina desaparición de Federica. Al deterioro de la relación tía-sobrino hay que sumar la entrada en juego del ex-marido de Federica y padre de Rufino (Pablo Tercero), a quien achacan haber dejado “tirada” a la familia, primero en favor de la bebida, después a favor de un nuevo trabajo y una nueva vida en Cuenca. La búsqueda de los tres personajes que quedan ahora sobre el escenario es tan desesperada como infructuosa: sus diálogos se cargan de silencios, pero nunca dejan de manifestar el malestar, y estallan en cualquier momento, a raíz de cualquier detalle.

La impotencia y ausencia de guía del padre contrasta con la fuerza de la madre. Víctor Martínez, Elena Gracia y Pablo Tercero se reparten ahora la carga dramática; la ausencia de la madre les obliga a abrir el diálogo y la violencia entre ellos, y, de nuevo, logran conmover al espectador, aunque en esta segunda parte con menos elementos cómicos, aunque siempre bien escogidos.

Cuando la obra acaba, el malestar ha salido del escenario y ha contagiado al espectador, que sólo puede aplaudir, quizá también llorar. La naturalidad de “El malestar que insiste” y la clave de su éxito estos días -la sala Lagrada se ha llenado en cada representación- reside en lograr transmitir ambos polos, cómico y dramático, tal y como se podrían mostrar en cualquier familia en crisis hoy en Madrid, quizá también tal y como pintaría Van Gogh su cuadro si sustituyera la patata por sopa y croquetas, y a los comensales por Federica, Rufino y Clara. Sólo podemos recomendar la obra, que no va a defraudar a ningún espectador, y esperar que el malestar insista en las salas madrileñas.

Federico Ocaña

* “El malestar que insiste”. Desde el 26 de abril, hasta el 5 de mayo, en el Teatro Lagrada (c/ Ercilla, 20- Madrid). A las 21 horas (5 mayo: 20 horas). Entradas: entradas.com, cajeros de Caja Madrid, tel. 902 488 488, y Teatro La Grada. Autor y director: Eduardo Recabarren. Intérpretes: Diana Tourné, Elena Gracia, Víctor Martínez, Pablo Tercero.