El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami

Sucede en muchas ocasiones que uno ve algo que automáticamente lo transporta a un universo de sabores y sonidos totalmente distinto. En esos delicados momentos lo que nos rodea queda atravesado, empapado de esa otra sustancia, distante. Si pudiésemos preguntar a los objetos y personas a nuestro alrededor se quedarían perplejos, quizá percibirían más nuestra ausencia, sabrían que estamos lejos, en otro paraje.

Para hablar de la muerte (o de la vida) siempre es necesario establecer ese tipo de conexiones, porque uno nunca está allí, y es necesario recrearlo, vincularlo con gestos de un más acá conocido. Abbas Kiarostami elabora una película excelente, cuya profundidad no quita ligereza, sobre un hombre que piensa suicidarse y busca a alguien que le entierre después de muerto o le ayude a levantarse si no llevara a cabo su plan.

Deambula por los alrededores del lugar donde quiere morir, circula una y otra vez por las mismas carreteras polvorientas con su coche y se detiene sólo para interpelar a sus posibles cómplices: un joven granjero kurdo que acaba de comenzar el servicio militar, un inmigrante afgano que estudia teología en Irán, un empleado turco del Museo de Historia Natural con la naturaleza amable y humilde de los sabios de los cuentos.

Logramos empatizar y comprender al protagonista, el señor Badii, a medida que el camino se convierte a nuestros ojos en el camino de la vida, un vagabundear sin rumbo por los mismos senderos transitados, un lugar casi inhumano, donde, más allá de la infancia, reina la incomprensión, cuando no el dogmatismo.

Así, la película se convierte en una alternancia de retratos y paisajes, donde la fotografía juega un papel crucial: el paisaje desértico se funde con el rostro temeroso y con dudas de Badii, la tierra que cae continuamente desde las laderas nos adelanta el agujero donde quiere morir (un lugar impreciso en el monte que no se nos muestra hasta el final).

Filmada con técnica de documental, los planos y contraplanos de los rostros desde dentro del coche son espectaculares y resaltan más si cabe gracias al entorno desértico: la humanidad lucha por mostrar su belleza ante la incredulidad de Badii, que anula cualquier diálogo recordando su dolor e infelicidad.

Sólo en el último momento, el empleado del Museo logrará que, sin cerrar los ojos, compartamos su visión de la naturaleza como un lugar frondoso, repleto de belleza, y avive en nosotros la alegría despreocupada de los niños que juegan en un coche abandonado al comienzo del trayecto.

 

 

En un momento de la película, mientras el coche tuerce el camino, el estudiante de teología afgano intenta a persuadir a Badii de que no se mate: “es uno de los pecados capitales”. “Pero ser infeliz también es un pecado”, replica Badii.

Nuestro infeliz protagonista va en busca de un amigo que lo ayude a morir; si lo encuentra, su corazón habrá vivido un último momento de felicidad sobre la tierra.

Captura de pantalla (5)

 

 

El sabor de las cerezas (Ta’m e guilass). Irán, 1997

98 minutos

Director y guionista: Abbas Kiarostami

Fotografía: Homayon Payvar

Reparto: Homayoun Ershadi, Abdolrahman Bagueri, Safar Ali Moradi, Afshin Khorshid Bakhtiari

Palma de Oro en Cannes en 1997

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