EL ÉXTASIS DEL ESCULTOR DE MADERA STEINER (1974), DE WERNER HERZOG

Werner Herzog era, hasta hace poco, capaz de llevar al límite sus condiciones de rodaje. Era capaz de introducirse en el Amazonas, en sus peligrosos afluentes y sus bosques. Se atrevía a rodar en montañas nevadas en invierno, en el desierto en verano, con guiones que se confundían con la realidad en road movies improvisadas, basados unas veces en alucinaciones, otras en arriesgadas revisiones del mito de Drácula (su controvertido e irregular homenaje a Murnau en “Nosferatu”) o del “Woyzeck” de Büchner. Era capaz de rodar con enanos, sordomudos, incluso con personajes marginales de dentro del cine, como Klaus Kinski, sin sufrir (casi) daño alguno. Desgraciadamente, en los últimos años el cine de Herzog se reduce a reportajes más o menos sensacionalistas, como si su centro de atención se hubiera trasladado del hombre excepcional -excepcional por su marginación, por lo que hace o por lo que piensa- hacia otros personajes que aparecen más o menos frecuentemente en los medios de comunicación (accidentes, pena de muerte, pinturas rupestres). Al hilo de eso, ha cambiado también su estética: ya no encontramos las imágenes pulidas por el silencio de sus primeras películas, ni los guiones violentos de antes, ni la cámara en la mano. Ha rebajado, en fin, su punto de partida y sus resultados hasta un nivel que causa sonrojo.

En El éxtasis del escultor de madera Steiner (Die große Ekstase des Bildschnitzers Steiner) encontramos, sin embargo, un equilibro perfecto entre el documental y la situación límite del personaje. El suizo Walter Steiner fue saltador de esquí, medalla de plata en los Juegos Olímipicos de Invierno de 1972, campeón del mundo en 1972 y 1977. Herzog acompaña, presenta y narra la participación de Steiner en la prueba de salto en Planica: el saltador bate el récord del mundo en los entrenamientos con una distancia que rebasa los límites de la rampa, hasta tal punto que en la competición oficial decide no arriesgar su vida y salta voluntariamente desde una altura menor que los demás participantes.

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Herzog le sigue mientras el deportista duda si saltar o no, si arriesgar su vida una última vez para conseguir el récord del mundo o salir de la competición, lo que lo humaniza. Pero al mismo tiempo el silencio en los momentos clave, solo interrumpido por la música mística y épica a la vez de Popol Vuh, y la distancia entre Herzog y Steiner -apenas hay entrevistas durante la competición- convierten a Steiner en un personaje más del cineasta alemán, un loco que desafía los límites de lo humano, que remonta el vuelo en el momento de mayor crisis. Merece mención aparte la fotografía de Jörg Schmidt-Reitwein, que refuerza ese desafío. El salto, o mejor dicho los saltos, recogidos por Herzog a cámara lenta, con una precisión y una definición milimétricas, se convierten en uno de los momentos más intensos y emocionantes del cine. Como una bandada de pájaros, primero un saltador que cae en la nieve y rueda como un muñeco de trapo, luego una aparatosa caída que deja al esquiador en medio de la pista, sin equilibro. En el límite entre el cielo y el fracaso, entre el miedo y la gloria, Herzog retrata figuras frágiles que son capaces, sin embargo, de planear, en el caso extremo de Steiner más de 170 metros, durante unos instantes mientras sienten al mismo tiempo la soledad del dios y la presión de la masa que lo observa desde abajo.

Herzog nos sitúa delante del saltador en pleno vuelo y tenemos la sensación de ver al ángel del Paraíso. Nos sitúa también detrás de él -a cámara lenta, podemos ver las diminutas figuras de los hombres y los coches que esperan debajo, en la pista y más allá. Lo vemos caer con suavidad sobre la nieve, buscar el equilibrio, a pie de pista, dentro de ella, y el ángel se convierte en el ángel caído. A pesar de saltar desde una altura menor, Steiner vence la prueba, pero el éxtasis no está ahí, encima de un cajón, delante de una bandera, el éxtasis está arriba, mientras sobrepasa todas las marcas, consciente de que un instante después puede estar muerto, de que ese instante de su vida, el más elevado, puede ser el último.

La película, absolutamente recomendable, finaliza con una cita escalofriante. Si los 44 minutos precedentes no fueran una obra de arte, merecería la pena verlos igualmente para comprenderla. Ante la dificultad de encontrar la película en castellano, la transcribo a continuación:

“De hecho debería estar totalmente solo en el mundo, yo, Steiner, sin ningún otro ser vivo. Ni sol, ni cultura, yo, desnudo en una roca elevada, sin tormenta, ni nieve, ni calles, ni bancos, ni dinero, ni tiempo ni aliento. Solo entonces dejaría de tener miedo.” W. Steiner

Federico Ocaña

Die große Ekstase des Bildschnitzers Steiner (El éxtasis del escultor de madera Steiner). RFA, 1974.
Duración: 45 min.
Dirección y guión: Werner Herzog
Producción: Süddeutscher Rundfunk (SDR) / Werner Herzog Filmproduktion
Música: Popol Vuh
Fotografía: Jörg Schmidt-Reitwein

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